Una rosa en el desierto

 Roberto Ruiz

El maletín le pesaba tanto como el inmenso cielo que se abría ante él, pero un tipo crecido en el fango nunca soltaría una rosa en el desierto. Con la otra mano apretaba la desgarrada herida que manchaba su camisa de vergüenza y pintaba el camino de un hombre huyendo de su propio pasado. Los cuchillos que rajan a la primera. Sin dientes. Para entrar y salir en cortes limpios.

El calor emborronaba el horizonte, huérfano de verticalidad, sobre el que se alzaban brisas de arena. Él se agarraba la chaqueta de un traje a medida, tapándose el boquete y caminando contra el escozor del viento. Que sostenía la voz de su padre, apestando a whisky y echándole el aliento en la nunca: No vuelvas a casa. Tu madre se fue por tu culpa.

Cierra la boca, pobre miserable. Allí nunca dormía. La oscuridad estaba viva y mamá lloraba contra la pared. Noche tras noche cogía el libro del abuelo y leía: “Me abrí camino a navajazos hasta un abismo de diamantes”. Eso estoy haciendo para alejarme de donde vengo.

El sol era gigantesco y las nubes se movían lentamente a su alrededor, al ritmo que avanzaba un hombre sin oxígeno, con la respiración prestada. La empuñadura de cuero del maletín se resbalaba poco a poco, patinando despacio por una superficie de sudor y sangre. Estaba cansado y le temblaban las manos. Pero sería capaz de apretar la mandíbula y clavarle las uñas para sobrevivir un día más junto a su rosa espinada. Entre dientes se decía: No hay descanso para los malvados.

Continuó sus moribundos pasos, dejando migas de pan para los buitres, que lo seguían pacientes, desfilando por el reguero de sangre. Una voz de cristal quebró el silencio del desierto y se detuvo por primera vez, con los carroñeros pisándole los talones. Suelta el maletín, mi amor. Abrázame.

El cielo caía azul a los pies de ella y las perlas bordadas de su vestido de encaje blanco centelleaban con los rayos o rejas de sol. Él se incorporó, tragándose el dolor con un estómago abierto y se limpió el polvo de la chaqueta para acercarse hasta la novia. No es cogera, nena, es estilo. Y ella sonrió del modo que sólo pueden las mujeres que se enamoran de quien no les conviene.

Dos mechones desordenados se desprendían del recogido. Bailaban con el viento al compás de la cola de satén, que se deslizaba sobre la leve tierra blanquecina. He traído el maletín hasta aquí, pequeña. Ya no soy una rata de cloaca. Cásate conmigo.

El pulso le tamborileaba ante el aura virginal de sangre azul, tan limpia y pura que se desvaneció en el vacío celeste, dejando un dulce perfume. En aquel abismo, escuchó las gárgaras de los buitres y miró hacia atrás, viendo su cuerpo desplomado al final de un sendero discontinuo y rojo. Se enfrentó a su cara. Ojos abiertos que no parpadeaban, apuntando al maletín destapado al impactar contra el suelo, lo suficiente para que el destello de unos diamantes asomara y lo cegara para siempre en una noche cerrada con el negror de un ataúd.