LA GRAN ACTUACIÓN

 

La gran actuación, Roberto Ruiz

“Toda biografía es ficción y toda ficción es autobiográfica”. Barthes

 

El acogedor terciopelo color sangre de la butaca. La distancia exacta del refresco aguado en el reposabrazos. La herida que escuece con la sal de las palomitas. La oscuridad envolviendo el punto rojo de la cámara colocada en el asiento de enfrente. Que empiece el espectáculo.

Siempre tuvo la sensación de que se interpretaba a sí mismo en una sala vacía consigo mismo como único espectador solitario. Aquel día no era sólo una sensación. Todas sus películas proyectándose en la gran pantalla a la vez que en su memoria y un primer plano registrando sus reacciones apuntándole a la cara como una pistola que le pregunta qué siente. Nada. No siento nada. Estoy pensando que esas escenas son el único pasado que tengo. Pero no sé si me pertenece. No sé si lo he vivido. No recuerdo otra cosa. Recuerdo que Walter Benjamin prefería el actor de teatro al actor de cine. El de teatro crea la emoción cada noche ante un público diferente, por lo que siempre vive una experiencia distinta. El de cine regala su interpretación a unas manos ajenas que ponen en marcha un complejo proceso de postproducción que tras varias capas artificiales deteriora el aura. Recuerdo que mientras me preparaba para ese papel, observando a carniceros durante días completos, el temor me recorría desde los ojos al corazón como un reguero de pólvora. Sabía que cogería la técnica, que manejaría los cuchillos con tal destreza, incluso que podría despedazar los huesos con el mismo insólito ruido y después lanzar los trozos de carne al peso acertando en la diana del dinero. Pero la mirada… La mirada del carnicero. Perdida por una ventana con rayos o rejas de sol. Años y años mirando por ese hueco deseando que llegue la hora en la que esos animales muertos dejan de comerte y puedes lavarte la sangre de las manos para llegar a casa y abrazar a tu familia. Puede que yo tenga algo de carnicero. Pero no tengo familia.

Se levantó y sacó la navaja de su bolsillo. El roce del foco proyector la hacía centellear. Desde que se preparó con ella para su gran actuación siempre la llevaba encima. Se acercó a la pantalla y se quedó observándola desde tan cerca que su sombra se tatuó en la película. Rajó. Rajó de arriba abajo empuñando el mango de mármol blanco, abriéndose camino a navajazos hasta la verdad. Rajó separando los píxeles y pensó que los átomos del ser humano no son indivisibles. Una enorme grieta abrió la pantalla en canal por la mitad. Dio unos pasos atrás. La imagen ante él se componía de dos mitades brillantes en las que sus fisuras descubrían un abismo interior. La película abombada parecía un manto envolviendo la nada. Miró la hendidura central y comenzó a caminar hacia sus adentros, perdiéndose en su vacío.

La tela desquebrajada cayó al suelo como un espejo de recuerdos roto y el foco de proyección lo alumbró de nuevo. Se giró, miró hacia su butaca y vio el punto rojo de la cámara colocada en el asiento de delante, apuntando hacia el otro lado. No había grabado su gran actuación. Había sido real.

El público aplaudió.