Escena de playa

Roberto Ruiz

Por la carretera que cruzaba la llanura, surcaban la densa oscuridad de una noche sin estrellas. A esa distancia de la playa, se alzó ante ellos un mar de luces rojas que parpadeaban en mitad de una profunda desolación. Apartó la vista del asfalto y la observó contemplando aquellos latidos nocturnos de molinos, que soñaban con ser luciérnagas del mismo modo que los ingenieros sueñan con versos. A cada destello una cálida luz le gobernaba la cara, resbalando por sus delicados rasgos, y él seguía conduciendo con la sensación de que se parecía a todo lo que aún no le había sucedido.

Cuando dejaron atrás la plantación de aerogeneradores, un negror de infinitas capas volvió a conquistar el horizonte, atravesado por una insistente línea discontinua. Dentro del coche se oían los silbidos del viento, retorciendo los cañaverales que acompañaban el viaje. Redujo la velocidad del Dodge de su padre y giró por un estrecho camino. Los secos arbustos rozaban aquel trozo de hierro del 85 y sonaban como gatos arañando una puerta. Estamos llegando, dijo.

El sendero desembocó en un llano de tierra con desordenadas piedras que forzaban a ir despacio. A ese ritmo, los faros delanteros penetraban la espesa noche y alumbraban un paisaje muerto. Todas sus formas estaban cubiertas por una apelmazada capa de polvo gris que petrificaba la vegetación. Aparcó frente a la maleza y salieron del coche. Ya oigo las olas, le dijo ella. Espero que te guste, contestó sonriendo.

Él le tendió la mano y se adentraron en el mustio bosque. A medida que avanzaban apartando puntiagudas ramas, la noche clarecía. Ella se asomaba entre los afilados árboles para ver hacia dónde se dirigían y de vez en cuando miraba el cielo extrañada. Brillos de colores danzaban desvaneciéndose como en una fiesta de fantasmas. Hemos llegado, dijo retirando un débil tronco que caía sobre la vereda, con la prestancia de un joven caballero abriendo la puerta del baile de fin de curso.

Ante sus ojos, sobre el horizonte se levantaba una imponente fábrica rebosante de luces, sostenida por un cabo vallado que penetraba el mar negro. Una masa de hierro que parecía tragarse a los hombres que entraban en ella y respiraba un humo intenso que se esparcía por todos lados, formando un skyline con sus punzantes columnas bajo el resplandor de un cielo contaminado.

Caminaron con los pies hundiéndose en la arena y se sentaron en la orilla, abrazándose las piernas. La estampa se completaba con un viejo motel en primera línea de playa, luciendo un oxidado neón al que no se le encendían todas las letras que alumbraban el camino de los hombres que no tienen a dónde ir.

Se quitó la chupa de cuero, se la puso a ella sobre los hombros y se quedaron escuchando el rumor de las olas en la bahía.