Mujer con sombra de niña

Fotografía de Vivian Maier

Anoche en 1957. Se oye el sonido de unos tacones tan nítido como si caminaran sobre un piano de cola. La melodía nace de unos tobillos pequeños y frágiles que sostienen una vida tan joven que aún recuerda el olor de su madre. Nadie es serio a los 17 años y ella quiere sonar como el poema que Arthur Rimbaud escribió un siglo antes.

Todas las farolas de Nueva York alumbran su vestido. Blanco roto. Infinitas capas. El dolor también es blanco roto y tiene infinitas capas. Bajo todas las historias que parecen brillantes, entre las luces, se oculta un punto insoldable, gris oscuro, que forma una sombra circular bajo sus pies como un agujero negro que siempre la acompaña pero nunca la traga. Porque al final de la calle hay un castillo de diamantes. Y cada vez que lo mira se siente un peón que al llegar al final del tablero se convertirá en dama. Pero antes hay un Cadillac negro esperándola en mitad de la carretera.

No quiero subir. No quiero tirar de la fría empuñadura cromada. No quiero volver a sentir el cuero. Tengo miedo. Cuando entre los cristales tintados no me dejarán ver el castillo. No quiero ir hacia la calle sin farolas. No quiero. Quiero ir al cole. Quiero que mi madre me suba la cremallera del abrigo. Quiero escuchar su voz cantando A Poor Man´s Roses. Qué cerca está la luna del castillo. Quiero subir. Quiero volver a casa.